“La que fue mi escuela de medicina”, esa oración sonaría hermosa si tuviera en este instante el título en las manos, pero lo que sucedió, como burla del destino, más bien batazo en la cabeza, fue que mi yo mediocre, ese que no tiene motivación para recorrer los caminos que llevan a la ansiada meta, se manifestó.
De las 11 asignaturas que cursaba aprobé 9, reprobé una anual que daría al año siguiente y una semestral que terminó por matarme cuando acepté repetir en un mes, durante lo que debieron ser mis vacaciones.
Una tía con cáncer, mi mamá diciéndome que me fuera con mi papá a viña porque no sabía que yo tenía clases (error nº1 no contarle).
El día que mi tía fallece justo antes de la última prueba de la asignatura pensé demasiado, lo frágil de la vida y yo con tanta cosa que decirle a mi primer amor, así que le busqué (error nº 2 mezcla de emociones fuertes). Había enseñado antes la materia de la prueba a mi compañera que pasó el ramo en la primera oportunidad, así que además repasé bastante poco (error nº 3 exceso de confianza).
Es obvio, reprobé.
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